Podría encontrar miles de razones para continuar, pero no he podido hallar una, que me de motivación para seguir.
Como siempre, la ambivalencia gana en toda partida. Y combaten el querer seguir con el tener ganas. Ya cuando una situación pasa un plano más allá del bien y del mal, todo se torna más dificultoso.
Tengo clarísimo que no se vuelve atrás nunca más, hay cosas que se pueden repetir pero jamás serán iguales. Todo cambia constantemente. Entonces no existe una situación en que me pueda basar, o una realidad de la que me pueda aferrar.
Es todo tan contradictorio, que a la vez se torna símil.
De alguna manera u otra siempre estamos eligiendo, hasta cuando no elegimos, elegimos el no elegir. Entonces, soy tan responsable de lo que no quiero que me pase, de lo que no quiero pensar, ni sentir, de cómo lo que si quiero.
Hasta ya se confunden los conceptos, porque nadie es capaz de controlar que sentir, pero si que hacer, y de ahí se parte.
Somos capaces de tener control sobre nuestras decisiones, pero no de sus consecuencias. Entonces yo me pregunto, ¿hasta donde tenemos el control de las situaciones y circunstancias?
Si fuésemos capaces de borrar los recuerdos indeseables, de las vivencias crueles, de todas aquellas cosas que nos martirizan y lastiman, no seriamos nosotros. No optaríamos de la manera que actuamos, que somos, que pensamos.
Al fin y al cabo, estamos donde estamos por que la vida lo quiso así... o porque todas las cosas que hicimos, que elegimos, que vivimos en fin, nos condujeron a esto.
Somos manejados por un algo que nos quiere destruir todo el tiempo. Que su meta es vernos caer. Sin embargo, ahí aparece esa extraña fuerza interior, luchándola.
Después de todo, el bien y el mal rigen en nuestro interior. Ambas fuerzas, contrarias entre si, a veces complementadas llevan a la autodestrucción, y que usadas por separado nos dan el equilibrio justo para no perder.
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